Camilo Ramírez en
LATAM Negocios y estrategia 31 de mayo de 2026 · 5 min de lectura

La mina de oro de Latinoamérica no es inventar la IA. Es el desorden que tenemos.

La mina de oro de Latinoamérica no es inventar la IA. Es el desorden que tenemos.

Hay una forma fácil y resignada de ver nuestro lugar en todo este boom de la inteligencia artificial, y es la que más escucho. Dice que Estados Unidos inventa la tecnología, que Europa la regula, y que a nosotros nos toca quedarnos quietos, pagando la cuenta que nos quieran cobrar para poder usarla. Espectadores con tarjeta de crédito.

Yo no lo veo así. Y se los digo después de leer y de masticar mucha información estas últimas semanas.

Empecemos por lo que sí es cierto, porque no se trata de echar cuentos motivacionales. Nadie en la región le va a ganar la carrera de los modelos a Estados Unidos. Anthropic está pagando alrededor de 1.250 millones de dólares al mes solo en cómputo, conexión y red. Esa es la cuenta de la luz, no la inversión. Querer competir ahí es como montar una aerolínea para pelearle el mercado a Boeing. Es plata que no tenemos, en una cancha donde ya nos llevan años de ventaja.

Pero esa nunca fue nuestra pelea. El modelo se está volviendo un commodity. Lo difícil, lo costoso, eso ya lo están resolviendo ellos. Lo que todavía nadie resuelve, y que solo nosotros podemos resolver, es cómo se aplica esa tecnología a una realidad que en San Francisco no tienen ni idea de cómo funciona.

El desorden, que parece nuestro problema, es nuestra ventaja

Le pongo un ejemplo concreto, porque las ideas sueltas no le sirven a nadie. Hay una startup en México que se llama Palenca. No están inventando el chatbot más creativo del mundo ni metiéndole 45.000 millones de dólares a un sistema nuevo. Están resolviendo algo mucho más aburrido y mucho más valioso: cómo darle crédito a la economía informal.

Piénselo un segundo. En Estados Unidos prestarle plata a alguien es relativamente fácil, porque hay burós de crédito, hay información ordenada, uno se conecta a un API y ya. Acá no. Acá el desorden es una vaina fenomenal. Y ese desorden es justamente lo que Palenca convirtió en negocio.

Un repartidor de aplicaciones, un conductor que no tiene nómina, llega a un banco a pedir el crédito de una moto y se lo niegan sin pensarlo dos veces. No tiene cómo demostrar que es buena paga. Lo que hizo Palenca fue usar machine learning sobre sus ingresos diarios, sus horarios, la constancia con la que trabaja en las plataformas, y con esa información que parecía basura construyó un perfil de riesgo que el banco sí entiende y en el que sí confía.

Eso no es inventar la IA. Es agarrar tecnología de punta, la misma por la que otros están pagando fortunas, y apuntarla a un problema que es nuestro. Y de esos hay miles esperando: cobranzas, BPOs, llamadas automatizadas, análisis contable. Cada lío local que tenemos es una oportunidad que en Silicon Valley ni siquiera saben que existe, porque no viven acá.

Ahí está la mina de oro. No en el algoritmo. En el terreno, que es el que conocemos de memoria.

Diseñar para el muro de Europa, aunque suene contraintuitivo

Hay otra decisión menos obvia, y tiene que ver con la regulación. Hoy el mundo se está partiendo en dos. Estados Unidos, donde la regulación de la IA es prácticamente inexistente. Y Europa, que levantó un muro tan alto que a las tecnológicas les dice, en la práctica, que si quieren operar allá se acomodan a sus reglas.

El instinto nuestro sería copiar el modelo gringo. Sin reglas, todo vale, a correr. Y creo que es un error.

Lo explico con un carro. Si yo diseño un carro pensando solo en Estados Unidos, lo máximo que me van a pedir es un motor más grande para sus autopistas. Pero si después quiero venderlo en Europa, me van a exigir que sea eléctrico, con frenos automatizados y cada tuerca certificada como ecológica. Mantener dos líneas de producción, una para cada mundo, no tiene sentido. Los números no dan.

La jugada es al revés. Diseñar desde la primera línea de código para el estándar europeo, que es el más exigente. Porque si usted cumple con Europa, entrar a Estados Unidos después es un trámite. Lo difícil siempre contiene a lo fácil, nunca al contrario.

Y hay una señal de que esto va a pesar. Cuando Google y Apple chocaron con la regulación europea, llegaron a cancelar lanzamientos de sus sistemas de IA en la Unión Europea para presionar a que les bajaran las leyes. No se las bajaron. Si esos gigantes no lograron doblar a Europa, la pregunta para el resto de nosotros se cae de madura: ¿qué estamos esperando?

Una nota para quienes legislan en la región

De todo esto sale algo importante para los legisladores de nuestros países, y lo digo como oportunidad, no como queja. No hay que copiar la burocracia europea extrema, esa que ahoga a las startups antes de que respiren. Tampoco la ausencia total de reglas de Estados Unidos. Hay un camino propio: marcos ágiles pero seguros, hechos para nuestra realidad, la de una región que va a brillar integrando tecnología con cabeza, no inventando el próximo ChatGPT.

Ese es el papel que de verdad nos queda, y es mejor que el de espectador. No quedarnos mirando la carrera de otros, sino resolver lo nuestro con las herramientas que ellos pagan, diseñando con criterio para durar.

Un pensamiento final, casi anárquico

Le dejo una idea que me ronda después de leer tanto, y la dejo como lo que es, una especulación, no una certeza.

¿Y si la próxima revolución no viene de 40.000 millones de dólares en servidores centralizados, sino de algo más parecido al espíritu del blockchain? Una red de desarrolladores repartidos por todo el mundo, lanzando modelos abiertos, más eficientes, naciendo de forma descentralizada en países emergentes, fuera de cualquier jurisdicción europea o americana, sin la presión del capital de riesgo pidiendo plata desde el primer día. El día que el cómputo masivo se vuelva barato y se democratice, todos esos modelos gigantescos y carísimos van a enfrentar una pregunta difícil de responder: ¿quién va a querer pagar por algo que ya se volvió un bien público?

No sé si va a pasar. Pero si pasa, el lugar para construirlo no es San Francisco. Es exactamente donde estamos parados.

¿Usted ya está usando la IA para resolver un problema real de los nuestros, o sigue esperando a que alguien de afuera le diga que llegó el momento?


Esto nació de un episodio de Pertinente, mi análisis diario sobre IA, negocios y geopolítica en Latinoamérica. Si le sirvió, ahí publico uno nuevo cada día.

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