Cada vez que usted le pide algo a una inteligencia artificial y le responde en segundos, hay una cadena de dinero moviéndose detrás. Mucho dinero. Entender de dónde sale y quién se lo queda no es curiosidad de nerd: es lo que define si Latinoamérica va a participar de este negocio o se va a quedar mirando desde la banca. Y la respuesta, cuando uno mira la estructura con calma, es más clara de lo que parece.
El negocio de la IA no es uniforme. No es que uno paga un servicio y ya. Es una cadena de valor con tres capas conectadas, y en cada una se gana plata de forma distinta. Vale la pena verlas, porque ahí está escrito dónde podemos jugar nosotros.
Capa 1: la infraestructura. Aquí no tenemos nada que hacer.
La primera capa es el fierro. Las tarjetas gráficas que mastican y mueven toda la inteligencia artificial, y la nube donde eso vive. Aquí manda uno solo: Nvidia, que cerró 2025 controlando más del 90% del mercado de esas tarjetas, con ingresos de más de 75.000 millones de dólares en un solo trimestre, solo por centros de datos. Si Nvidia vende la electricidad, los que la distribuyen son Amazon, Microsoft y Google con sus nubes, que le cobran arriendo mensual a quien quiera entrenar un modelo.
Y aquí aparece el primer golpe de realidad para nosotros: en esta capa somos arrendatarios, no dueños. Y vamos a seguir siéndolo por un buen rato, porque ser dueño implica niveles de inversión salvajes que la región no tiene. Pelear la capa 1 no es una opción. Conviene aceptarlo sin drama y seguir.
Capa 2: los modelos. Esa pelea es de otra liga.
La segunda capa son los que construyen los modelos de frontera: OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, y los chinos que también están en la carrera. Aquí se cobra de dos formas. Una, un peaje cada vez que el software “piensa” (lo que se llama cobrar por token). Otra, acuerdos grandes con corporaciones que pagan versiones privadas y seguras, porque un banco no va a conectar sus datos por donde se conecta todo el mundo. De hecho, en 2026 la mayor parte de los ingresos de Anthropic viene justamente de esos clientes empresariales, y es con lo que ha crecido de forma tan brutal.
¿Por qué pagan tanto las empresas? Por la confidencialidad. La primera pregunta de cualquier compañía grande que adopta IA es siempre la misma: ¿y mis datos quedan seguros? Esa capa también está fuera de nuestro alcance para competir de tú a tú. Construir un modelo de frontera cuesta lo que cuesta, y ya hablamos de eso.
Capa 3: las aplicaciones. Aquí sí. Aquí es donde jugamos.
La tercera capa es donde se construyen las aplicaciones y los agentes sobre los modelos que otros pagan. Y esta es nuestra capa. No porque sea la de consolación, sino porque es donde nuestra ventaja real sirve para algo: conocemos nuestra región, nuestros problemas, y cómo se resuelven de verdad.
Miremos el tamaño de lo que está en juego. Latinoamérica es el 6,6% del PIB mundial pero recibe apenas el 1,1% de la inversión global en IA. El Fondo Monetario Internacional calcula que la IA puede sumar alrededor de 1,3 billones de dólares al PIB de la región para 2030, golpeando fuerte sectores como el agro y el financiero. Y las big tech ya lo huelen: Amazon, Google y Microsoft están invirtiendo cerca de 23.000 millones de dólares en centros de datos en la región. Están poniendo la carretera. Nosotros tenemos que recorrerla. Sí, dependemos de esa carretera ajena, con todos los riesgos que eso trae, pero es lo mejor que tenemos para trabajar hoy.
¿Y dónde capturamos valor concretamente? En software vertical para industrias específicas. En construir agentes que resuelvan problemas que solo nosotros entendemos. Porque nosotros sabemos cómo están los datos en Latinoamérica de verdad: si son buenos o malos, si están en un Excel, en un disco duro viejo, en papeles, o en el correo de alguien que ya no trabaja en la empresa. Ese desorden lo conocemos en carne propia, y por eso somos los llamados a resolverlo. También en cobrar por resultados en industrias históricamente ineficientes como la logística, la salud o los BPO. Y en algo que vale oro: la consultoría y el acompañamiento para que las empresas hagan el cambio cultural, que la adopción no sea “pagué por un copiloto que nadie usa”, sino “qué problema estoy resolviendo”.
La pregunta con la que me quedé
Hay una tendencia nueva en esta capa 3 que me dejó pensando, y se la dejo a usted. Se llama cobrar por resultados: no le cobro por la licencia ni por el tiempo de cómputo, le cobro por lo que efectivamente logró. Tiene sentido, porque a nadie le gusta pagar mensualidades fijas por una IA que quizás nadie usa.
Pero lleve esa lógica un paso más allá. Si nos acostumbramos a pagarle a la inteligencia artificial solo por resultados, ¿empezaremos a contratar también a los equipos humanos así? ¿A pagarle a una persona no por su sueldo, sino solo por lo que produce? No tengo la respuesta, y no estoy seguro de que me guste hacia dónde apunta. Pero es la clase de pregunta que conviene hacerse hoy, antes de que la respuesta nos la impongan otros.
Esto nació de un episodio de Pertinente, mi análisis diario sobre IA, negocios y geopolítica en Latinoamérica. Si le sirvió, ahí publico uno nuevo cada día.
Están poniendo la carretera. Nosotros tenemos que recorrerla.