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Negocios y estrategia · 3 de jun de 2026

El techo de la inteligencia artificial no es la inteligencia. Es el cobre, la energía y un poco de cemento.

Más de la mitad de los centros de datos para IA planeados en EE.UU. están frenados. El cuello de botella ya no es la inteligencia: es la energía.

TL;DR

Más de la mitad de los proyectos de infraestructura de IA planeados para 2026 en Estados Unidos están frenados. La narrativa de la expansión imparable se chocó con el mundo físico: el acero, el cobre y la energía no escalan con un clic. En el planeta hay disponibles apenas 7,7 gigavatios para el cómputo. Nvidia anunció chips que necesitan más energía de la que existe. El cuello de botella se movió de la inteligencia a la electricidad.

Imagínese que prende el televisor y ve que la mitad de los rascacielos que iban a construirse en los próximos dos años se cancelan de golpe. Las grúas se detienen, los terrenos quedan abandonados, los contratos se disuelven. Sonaría a crisis. Bueno, eso está pasando ahora mismo, pero no con rascacielos: con centros de datos, que son la infraestructura física sobre la que corre toda la inteligencia artificial del mundo.

Más de la mitad de los proyectos de infraestructura de IA que estaban planeados para 2026 en Estados Unidos quedaron frenados. Y eso va en contra de todo lo que veníamos oyendo, esa narrativa de que la IA es una expansión imparable que no tiene techo. Los datos no me los inventé: vienen de Bloomberg, de estimaciones de Goldman, de proyecciones de Gartner. Entonces la pregunta que vale la pena hacerse es cómo pasamos de una carrera donde la plata parecía infinita a proyectos gigantescos abandonados a medio construir.

La fiebre del oro, otra vez

Esto se parece a la fiebre del oro, cuando todo el mundo compró las mejores palas y dejó las minas a medio excavar. La respuesta a por qué pasó tiene poco que ver con la IA misma. Tiene que ver con una proyección irreal sobre el mundo físico.

Hagamos la vueltecita por la historia, que ayuda a entender. La locura arranca a finales de 2022, cuando salió ChatGPT y las juntas directivas del mundo entraron en pánico: “¿cómo nos vamos a quedar por fuera de esto?”. Las billeteras se abrieron. En 2023 se gastaron más de 200.000 millones de dólares en infraestructura. Para 2025 ya iban casi 400.000 millones. Los sospechosos de siempre, los que les he nombrado en muchos capítulos: Google, Amazon, Meta, cada uno con su parrandón de miles de millones. Para que se haga una idea del tamaño: en 2025 se gastó más en construir centros de datos que en toda la construcción de vivienda unifamiliar en Estados Unidos.

La pregunta obvia es si esto será como el metaverso, donde se invirtió un dineral y al final no pasó nada. Pero hay una diferencia de fondo. La IA sí tiene una utilidad real, sí sirve para hacer negocios. Que lo digan los de Anthropic, que por fin están dejando de quemar plata. Aquí nadie se equivocó sobre si la tecnología servía. Se equivocaron en la proyección.

El error: creer que el acero se duplica con un clic

Se asumió que este negocio podía crecer de forma lineal e infinita. Que si la demanda subía mes a mes, la infraestructura se podía escalar al mismo ritmo. Y hay una trampa de pensamiento ahí: como con la IA uno se acostumbra a que todo es software, que todo se duplica con un clic, se nos olvidó que el acero, el cobre y el cemento no funcionan así. El mundo digital escala rápido. El mundo físico, no.

Hablamos de “la nube” como si fuera algo mágico flotando en el cielo. La realidad es que la nube tiene todo menos de nube: es una instalación industrial pesadísima. Tan pesada que consume cerca del 2% de toda la electricidad del planeta, el equivalente al consumo de países enteros. Y ya está volviéndose un problema real: se habla de que este invierno podríamos ver a millones de personas quedándose sin energía suficiente, porque la que hay se la están comiendo los centros de datos.

Construir esas plantas tampoco es sencillo. Elon Musk le demostró al mundo que podía levantar un data center en dos meses, y eso hizo creer que todos se podían hacer en seis. Pero la realidad de la mayoría de los países es que toman entre cinco y diez años. Y una vez instalados, viene el otro problema: hay que alimentarlos. El 60% de la energía de estos centros viene de combustibles fósiles. O sea que si hay un problema en Irán, o en cualquier otra parte, la IA empieza a quedarse sin oxígeno. Es como construir una mansión de cien habitaciones y olvidar revisar si la ciudad tiene la tubería para abastecerla.

El dato de Nvidia que hay que comerse con cuidado

En el centro del huracán está Nvidia, hoy valorada en 5 billones de dólares, por encima de gigantes eternos como Microsoft. Su CEO, Jensen Huang, salió con Sam Altman a anunciar con bombos y platillos que iban a distribuir 10 gigavatios de GPUs solo en 2025, más un cheque de 100.000 millones de dólares para OpenAI.

Ese anuncio hay que comérselo con cuidado, en sus dos partes. La primera: ¿cómo así que se venden “gigavatios”? Resulta que el procesamiento ya no se mide por velocidad, sino por la cantidad de energía que requiere. Y aquí el detalle que lo cambia todo: en todo el planeta hay disponibles apenas unos 7,7 gigavatios de energía para esto. O sea, Nvidia anunció chips que necesitan más energía de la que existe para conectarlos. La segunda parte, los 100.000 millones, era casi pasarse la plata de un bolsillo al otro: Nvidia se los da a OpenAI con el compromiso de que OpenAI le compre esa misma cantidad en GPUs en los años siguientes.

Y por si fuera poco, un data center no son solo chips. Necesita transformadores, generadores, cables de cobre. Cosas que ni siquiera son alta tecnología, es electricidad básica, y que no llegan ni al 10% del costo. Pero sin eso, nada funciona. Con el pánico de comprar y la amenaza de aranceles de Trump (porque la mayoría de esos componentes viene de China, Corea del Sur o México), todo el mundo salió a acaparar cables, ventiladores y tuercas, y los metió en bodegas. El resultado es absurdo: fabricantes con inventarios llenos de piezas para chips que no pueden vender, porque no hay energía para conectarlos.

Lo que esto nos deja

Llegamos a un punto donde el límite de la IA ya casi no depende de qué tan inteligente llegue a ser. Depende de algo mucho más terrenal: que no hay máquinas suficientes para ejecutarla, ni energía para alimentar las que ya se construyeron. Lo que frena a la inteligencia artificial hoy se mide en gigavatios y en toneladas de cobre.

Y ahí queda la pregunta que de verdad importa, sobre todo para una región como la nuestra: si el planeta entero no tiene la energía para alimentar toda esta capacidad de procesamiento que se está creando, ¿de dónde la vamos a sacar? Esa pregunta abre una conversación distinta. Una donde el cuello de botella ya no es quién tiene los mejores ingenieros, sino quién tiene energía. Y esa, por primera vez en mucho tiempo, es una mesa donde Latinoamérica podría tener algo para poner.


Esto nació de un episodio de Pertinente, mi análisis diario sobre IA, negocios y geopolítica en Latinoamérica. Si le sirvió, ahí publico uno nuevo cada día.

El mundo digital escala rápido. El mundo físico, no.

Camilo Ramírez

Camilo Ramírez · Advisor, speaker y host de Pertinente. Su historia →

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