En la IA, el talento dejó de ser la barrera. Y ese es nuestro problema.
Durante años nos contamos un cuento bonito sobre Latinoamérica y la tecnología: que lo que nos faltaba era talento, educación, gente preparada. Que el día que tuviéramos suficientes ingenieros buenos, podríamos jugar en las grandes ligas. Pues tengo una mala noticia y una buena, y las dos vienen del mismo dato.
Esta semana Anthropic superó en valoración a OpenAI. Más de 900.000 millones de dólares, por encima de los de ChatGPT por primera vez en la historia. Pero el número que de verdad importa no es ese. Es otro: lo que Anthropic paga solo en cómputo para entrenar sus modelos es de 1.250 millones de dólares al mes. Al mes. Con un techo de 45.000 millones al año.
Ahí está la noticia real, y no tiene que ver con quién va ganando la carrera.
El conocimiento ya no es lo escaso
Lo que esos números nos dicen es que la barrera para construir inteligencia artificial de frontera dejó de ser el cerebro. Ya no es el conocimiento. Es el acero, el silicio y la energía eléctrica para alimentar decenas de miles de tarjetas gráficas funcionando en paralelo durante meses.
Y eso se confirma con algo que parece un chisme de industria pero no lo es: el talento de primer nivel está migrando hacia donde están las máquinas más grandes, no hacia donde está la mejor idea. Cuando uno de los cofundadores de OpenAI deja su propio proyecto para irse a la competencia, no se va por la plata. Se va por el acceso al hardware. Porque sin las máquinas, la mejor idea del mundo no se puede entrenar.
Esa es la mala noticia para nosotros. Podemos tener —y tenemos— ingenieros brillantes en la región. Pero el talento ya no alcanza para entrar al juego de construir los modelos, porque ese juego ahora se gana con un capital que aquí no tenemos. Competir de tú a tú con estos gigantes, hoy, no tiene sentido. Y conviene decirlo sin romanticismo.
La buena noticia está en aceptar la mala
Aquí es donde está lo interesante, y por eso traje el tema. El día que uno acepta que no va a ganar la pelea de los modelos, deja de gastar energía donde no la tiene y la pone donde sí.
Porque hay una diferencia enorme entre construir la inteligencia artificial y usarla con criterio. Lo primero requiere el PIB de un país pequeño. Lo segundo requiere entender un problema mejor que nadie. Y eso último sí lo tenemos: conocemos nuestra región, nuestros mercados, nuestros líos, de una forma que nadie en San Francisco va a entender por más millones que tenga.
El talento latinoamericano no se desperdicia tratando de construir el próximo modelo gigante. Se aprovecha tomando esos modelos —que otros pagan a 1.250 millones al mes— y aplicándolos a problemas que solo nosotros sabemos resolver.
La pregunta que no nos estamos haciendo
Pero hay un costo en depender así de una infraestructura que se decide en otro lado. Si construir el cerebro del futuro cuesta lo que cuesta, todo ese poder queda concentrado en tres o cuatro empresas, casi todas en un solo país. Nosotros entramos a esa cadena en el último eslabón: el que paga la cuenta a fin de mes.
Y entonces la pregunta para cualquiera que esté montando un negocio sobre estas herramientas en la región no es si la IA es poderosa. Es otra, más incómoda: ¿qué tanto control real tiene usted sobre la tecnología de la que ya depende su negocio? Porque construir encima de algo que no controlamos no es malo en sí mismo. Lo peligroso es no haberlo pensado.